Hoy he visto dos gorriones en la acera. La boca abierta, el pecho hinchado, los ojos cerrados. Cosa del calor. Parecía que pidieran agua, con el pico en interrogación y la cola en suspenso. No se movían, ni piaban, ni aleteaban, ni respiraban. Eran dos gorriones en la acera, y la vida acaba de pasarles por encima.
Cuando era pequeño, los pájaros me pasaban del todo inadvertidos. No es no me gustaran, es que no me daba mucha cuenta de que existían siquiera (en mi casa, los animales solamente aparecían en las películas; ya éramos demasiada gente). Pero sí recuerdo con claridad los gorriones que saltaban y parloteaban en la plaza frente al edificio donde viví, muy de pequeño, en Madrid. Pasaron al menos dos décadas hasta que descubrí que aquellos cuerpecitos pardos, pequeños, saltarines, se llamaban gorriones. Con los años, y sobre todo a través del contacto estrecho con los gatos, he entendido lo que es un animal para un ser humano: un amigo, un compañero, un aliado.
Así que cuando hoy he visto dos gorriones en la acera, tumbados, me ha resultado muy triste. Tan triste, que me he implado, impasible ante el imaginario de género que me lo prohíbe, pero del todo permeable a la emoción del momento. Y he pensado que qué injusto, y qué pena.
Cuando el martes caminaba de vuelta por la misma calle, la vida caminaba conmigo, siempre sin parar. Los gorriones ya no estaban y el día ya languidecía.
En fin, qué se le va a hacer.
Gracias por venir.
/MV