El 16 de diciembre de 1943, el tren de alta velocidad Tamiami Champion corta el manto de nieve a su paso por el poblado de Rex, Carolina del Norte. A escasos 36 kilómetros y una eternidad después, suena el teléfono en Fort Bragg, con su chirrido impertinente y la alerta de la madrugada.
Son las doce y veinticinco de la noche. El Champion cubre su ruta habitual Nueva York-Miami para la compañía Atlantic Coast Line. Sale de la estación de Fayetteville con hora y cuarto de retraso y con sus dieciocho vagones cargados de pasajeros, incluidos varias decenas de soldados y oficiales del ejército de los Estados Unidos.
Cinco minutos después, a la altura de Rennert, los tres últimos vagones (dos vagones litera y un coche cafetería) se desacoplan del resto del tren. Se oyen un tirón, un clac, un ronquido interrumpido y un «qué ha sido eso». Se levantan los soldados y los oficiales de sus literas, uniforme arrugado, párpados pegados, y se activan los frenos de emergencia. Vuelcan dos o tres soldados jóvenes, ruedan cantimploras y petates, y vagones, oficiales, soldados, cantimploras y petates recorren cuatrocientos metros sobre la vía, inclinándose a la derecha según se cierra la curva.
Se oye un silbido suave y se detienen.
Diez ráfagas de luz y los gritos de un farolero ronco terminan de despertar a Joseph, ingeniero. Se levanta, coge el abrigo, coge el petate, olvida la cantimplora, baja del tren, cruza la vía, y se resguarda de la nieve con el farolero, alguna docena de soldados y oficiales, su medalla de San Gabriel y los diecisiete grados bajo cero. Dos miradas de confusión a los lados, preguntas nerviosas y Joseph, curioso, que se adelanta. Mira el coche cafetería. Mira la vía. Mira cómo se inclina el coche sobre la vía y cómo se arrima la vía al coche. En ángulo de sesenta grados, forman un triángulo equilátero el vagón, la vía y el alivio de Joseph, que inspira fuerte y se siente renacido en este frío que le hiela los pulmones.
El farolero hace señales de alerta hacia el oeste.
Al oeste, a la una menos diez, un kilómetro más tarde, el resto del Champion se detiene, huérfano de sus tres vagones traseros. También han saltado los frenos de emergencia y han rodado cantimploras, petates y soldados. Robert (Bobby), maquinista de manual, observa: los vagones dos y tres se han separado. «Joder, menos mal que han saltado los frenos.» Echa un vistazo y ve cinco vagones por delante y otros cinco por detrás, pero no ve los bajones dieciséis (el coche cafetería), diecisiete ni dieciocho. No los ve no porque no estén, que no están, sino porque la niebla no le deja ver más allá del décimo vagón. Bobby, con la mosca detrás de la oreja, con el medaenlanariz, avisa a Tommy: «Baja y mira a ver qué pasa, que como venga el Norte y sigamos aquí nos la van a dar toda la semana con la coña.»
Tommy, farolero jefe de la ruta Nueva York-Miami esta noche, se despereza y asoma la cabeza por la ventanilla. Una bofetada de viento le parte la cara, le arranca la gorra y le roba las gafas. «Puto viento.» Se sube el cuello de la chaqueta, con el forro de borrego le que cosió su tía Lydia, se agarra los machos y salta sobre la vía. Cae sobre una placa de hielo y directo al suelo, culo primero, muñecas después. «Puto hielo». Con la manga empapada y la mirada de Bobby en la nuca, Tommy se sacude la nieve, el sudor y la vergüenza. Más atrás, entre la niebla, intuye una luz que parpadea: será un farol que se ha caído con el golpe, piensa Tommy. «Será un farol que se ha caído con el golpe, ¿eh, Bob?» Pero la pregunta se la lleva el viento.
Siete minutos para el Norte. El tiempo apremia.
En el pecho, la chapa de la escuela de maquinistas de Altoona reza «la seguridad es lo primero», así que la seguridad es lo primero. «¡La bengala!», piensa Tommy. Bien, Tommy, bien. Se quita la manopla y emerge su mano izquierda, de tan helada, más muñón que mano. El joven farolero, de Filadelfia, insiste, menea la mano, la frota contra el muslo, resopla, jura y, con las pestañas como carámbanos, la nariz entumecida y el pulso acelerado, busca que te busca, al fin da con ella. La bengala. Su Santo Grial.
Ya palpa la bengala. Ya se ve encendiéndola. Ya la ondea de izquierda a derecha, de derecha izquierda, cámara lenta, plano medio, el denso humo rojo a la vista de oficiales, soldados, faroleros, maquinistas y curiosos. Lo vitorean, lo jalean: viva Tommy, viva Filadelfia, viva Altoona, viva la madre que lo parió. Ya hablan de él los periódicos: «Tommy Reginald (21, Filadelfia) salva el Norte y el Sur.» Ya le ponen la medalla y un beso en la mejilla.
En esto que saca Tommy la bengala de la bolsa, asiéndola entre los dedos entumecidos, la sonrisa satisfecha. La sujeta como si fuera una longaniza, fuerte entre el bíceps y el sobaco izquierdos y, con la manopla derecha, la retuerce.
Nada.
La retuerce otra vez.
Nada.
Otra vez.
Nada.
La retuerce como le retorció el brazo su prima Betsy, la de Lydia, en el verano de 1934, cuando la empujó sobre el cojín de pedos del Doctor Flamboyant después de soplar la tarta de cumpleaños. La retuerce como retorció las partes sacras de San Cucufato aquel 12 de julio de 1935, sudoroso, histérico por haber perdido el reloj de su padre, el reloj prohibido, el intocable, el que quiso usar para cronometrar las inmersiones de Ian, el hermano mayor, el soñador, él, tan seguro de haber batido su récord, que nunca supo supo ni del reloj ni del pobre San Cucufato, con sus bemoles retorcidos, atados en la corbata de Tommy mientras caminaba lentamente hacia su casa.
Que la retuerce, he dicho.
Pero la bengala, de tan helada, es más muñón que bengala. No cede. Otra vez el sudor, el resoplar y el palpitar; y otra vez el viento y el hielo que dan con Tommy al suelo, mientras la bengala rueda ladera abajo y ya es un recuerdo con la prima Betsy, la medalla y los besos en la mejilla.
Puto hielo, puto viento, puta vida.
Y llega el Norte.
Tommy, pálido, sacude los brazos.
Salta, brama, vomita el alma e intenta bucear en una nube de humo negro mientras grita su vida entera: «no me jodas, para, por tu madre, por la tía Lydia, por Betsy, por Dios, que daré más limosna los domingos, que escucharé los sermones del Padre Charles, por la Virgen, por el Niño Jesús y los Santos, por San Cucufato, por lo que más quieras, para, coño, PARA.»
A cientoveinticinco kilómetros por hora, el Champion que cubre la línea en sentido contrario hacia Nueva York (el Norte) se desliza por la vía contigua como un cohete a reacción, afeita el bigote a Robert, arranca el forro de borrego de la chaqueta de Tommy, despierta a alguna decena de soldados y oficiales y se adentra en la niebla como un cuchillo caliente en la mantequilla.
Trescientos metros y media vida más tarde, el maquinista del Norte descubre la figura de Joseph. El ingeniero, junto a la vía, aletea los brazos en una V perfeceta, ahora en cruz, ahora en V, ahora en cruz. Joseph, pálido, mira el Norte, mira la vía, mira el infinito.
Cinco segundos después, los frenos chillan y el Norte revienta el triángulo del coche cafetería, la vía y el pánico de Joseph. Soldados y oficiales, cantimploras, petates, medallas y recuerdos vuelan por los aires mientras San Cucufato asiste a la escena con espanto.
A 36 kilómetros de allí, una eternidad después, Murray Bowen, teniente del ejército de los Estados Unidos, heredero de la Casa Luff-Bowen de Entierros y Ataúdes de Tennessee, Porque El Descanso Es Mejor Cuando Es Eterno, estudiante de medicina, feliz durmiente hasta hace medio minuto, contesta: «sí, soy yo. No, Padre, los ataúdes los llevaba mi abuelo. Sí, supongo que alguno quedará. Espere, ¡¿cuántos?!»
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