Una brecha, una pitera, una estudiante

En Salamanca, donde crecí, a las heridas que te haces en la cabeza, tomando por cabeza desde el punto en el que se une el occipital del cráneo con el cuello hasta la frente, pero no las cejas ni lo que hay por debajo de éstas, excluyendo también las orejas y las mandíbulas, las llaman piteras. Las piteras son heridas generalmente escandalosas, que asustan por lo mucho que sangran. Creo que un nombre más común es brecha, aunque sospecho que la diferencia está en lo que importa, el tamaño: piteras son las pequeñas, brechas son las grandes. O algo así.

Te cuento lo de las piteras y las brechas porque hoy, en la escalera, he visto a una estudiante resbalar en el décimo escalón, lanzar un grito sordo, flotar, hacer un repaso a toda su vida, dar una voltereta involuntaria hacia delante y caer, con la cara primero, contra el primer escalón. Ha sido una caída a cámara lenta, esperpéntica, de las que te imaginas en una película mientras un barrido persigue a la persona que corre para intentar evitar el desastre. Lo que ha durado un suspiro a mí se me ha hecho eterno. Habré tardado dos segundos en llegar desde mi incredulidad hasta donde estaba ella, ya sentada en el suelo, la cara cubierta con las manos. Inmediatamente han brotado de su frente y de su nariz dos brechas (no piteras) y dos regueros de un color rojo mermelada que me han quitado el hipo y el hambre para lo que queda de semana.

Papel, llamad al 112, jesusito de mi vida, qué hago yo con esto que no sé ni por dónde mirarlo, ya viene la ambulancia.

Pasado el impacto (jeje), y con la estudiante ya «bien», me siento aquí pensando en las tres: las dos brechas y la estudiante. Se me ocurre que menuda faena romperse la nariz a finales de mayo, ahora que asoma el calor, con los exámenes a la vuelta de la esquina. También pienso en el poco glamour que tiene una fractura en la nariz a los 21 años, frente al que podría tener, por ejemplo, romperse un hueso del brazo. Reflexiono sobre el profesor al que, socarrón, ceja levantada, sonrisa canalla, se le ha ocurrido comentar que «qué, seguro que iba mirando el móvil, ¿eh?», y pienso en el «mireusté que no, que no iba mirando el móvil, que iba pensando en sus cosas, charlando con un amigo, sonriendo, porque en la vida de la gente más joven que usté y que yo hay más cosas que esa podredumbre de odio y de frustración que le come a ustél cerebro, como si no mirase el móvil cuando va al volante, cuando su mujer le cuenta cómo le ha ido el día, cuando sus hijos le relatan sus angustias, mecagoenmivida y suestampa», ese que me he guardado para mí y para mis adentros.

En fin, ya ves, nadedades que me distraen de la tremenda bofetada de darte cuenta, así de golpe (¿en serio?), de que una persona estudiante es una persona viviente, frágil, a la que un minuto antes le estás afeando masticar chicle en clase y al siguiente le estás preguntando si sabe cómo se llama mientras chorrea sangre. También, con sus momentos magistrales: sentada en el suelo, con la sangre a borbotones, el ojo ya como un melón, la nariz a la virulé, ha encargado que le manden una foto a su madre desde la camilla de la ambulancia, mientras argumentaba que merecía una subida en la nota final.

Y el caso es que esto me ha llevado a dos fotos relacionadas con las piteras y con las brechas, que debí de hacer en los años 2006 y 2008. La primera no te la describo ni te la pongo, porque ya tal, pero la segunda no tiene misterio: es un retrato de un mimo en la Rambla de Barcelona, ataviado como una especie de zombi cubierto de sangre. Lo importante de ambas es que me permiten hablarte de una cámara exótica que me sigue pareciendo un misterio, una Nikon F-301, que nunca he llegado a entender del todo, pero que usé durante un par de años. La cámara, en realidad, nunca fue para mí: se la regaló el fotógrafo local a un amigo mío, que acto seguido me la pasó, porque la amistad en la adolescencia, ya lo sabes, es incondicional, y al fin y al cabo yo iba a hacer fotos, sobre todo, de los trucos que hacía él con el monopatín.

Aquel bicho llevaba cuatro pilas y yo no sabía ni cómo sujetarlo: tenía un agarre de plástico-silicona que se había despegado hacía años, y un motor que me pedía una pila que yo no había visto nunca. La utilizaba con un Nikkor 35-200mm, del que ya te contaré más cosas, y que yo enfocaba un poco de aquella manera, intentando que no se me resbalase todo el montaje entre las manos, mientras me encomendaba a los dioses y activaba el obturador. Pero fíjate, a veces salían cosas decentes, como esto del mimo.

Un mimo posa en la Rambla de Barcelona con maquillaje que simula sangre y vistiendo un traje negro con agujeros y polvo.
Un mimo posa en la Rambla de Barcelona con maquillaje que simula sangre y vistiendo un traje negro con agujeros y polvo. Barcelona, 2008.

Que bueno, si te paras a mirarla mucho, pues los ojos no se le ven casi, y el enfoque no sé yo si sí o si no. Pero no siempre salen bien del todo las cosas, ¿verdad? Que se lo digan a la pobre estudiante. Cuando me he despedido de ella, después de tres horas en el hospital, me ha dicho «¡Nos vemos mañana en clase!». Y me parece una metáfora bonita, como de postal barata, pero potente, sobre cómo es esto de hacer fotos.

Y con esto cierro este blog, porque es hora de irme a meditar sobre lo que merece la pena en mi trabajo y lo que no, lo que me admira de la gente que es más joven que yo, lo que me da rabia de la que es mayor que yo. Otro día lo pensaré al revés, o vete tú a saber.

Gracias por venir.

/MV

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